Refugiarse en los rincones de siempre, en recovecos donde lo conocido restaura la seguridad que el afuera, con sus miles de luces, de experiencias posibles, de potenciales encuentros, sustrae repentinamente. Espacios donde no son necesarios mapas ni brújulas, el reino de lo malo conocido… que conjura el escalofriante miedo de lo bueno por conocer. Lo bueno por conocer que parece esconderse deliberadamente de mi vista. Esos rincones donde el reloj avanza sin muchas expectativas pero, por ende, sin muchas decepciones; donde no es necesario preguntarse por qué lo natural y autopercibidamente merecido para el resto resulta tan extremadamente ajeno – y difícil- para mí. Un lugar en el que, quizás paradójicamente, la oscuridad no conlleva miedo sino tranquilidad.
Refugiarse. A veces también esconderse. Otras, sobre todo, protegerse. Sin saber muy bien de qué, por la tragedia de no conocerlo (que a veces es la raíz del porqué me escondo), o sabiéndolo muy bien, por la igualmente trágica certeza de lo que busco incansablemente y no logro hallar. Rincones que de todas maneras no están exentos de la fascinación del exterior, porque en ellos el tiempo transcurre también en forma de sueño, de deseo, ya de utopía.
No todo es oscuro en los recovecos. También hay luz para mirar al interior de los mismos, para redescubrir y reconocer la materia de la que estoy compuesta. Reconfortarse con eso, espeluznarse en ocasiones. Preguntarse una y otra vez por la propia incapacidad de deshacerse de la materia corrupta. Alegrarse de lo mucho que la otra parte de la materia, la no corrupta, refleja de aquellos que se cruzan en mi camino y que, afortunadamente, restan un tramo de soledad a los rincones. Agradecer el hecho de que el afuera entre por esos caudales y que llene de fugaz pero plena felicidad las esquinas del refugio. Disculparse también porque el apego al refugio hace que a veces mi presencia en el exterior sea monótona, incomprensible e hiriente.
Darme cuenta de cuántos recuerdos y vestigios construyen este refugio. Y son su alimento, así como lo son la comodidad de los pasos seguros y las ganas de ser equilibrista sin red (aunque todavía no he acumulado el coraje necesario). También, debo ser franca, reconocer la estrategia deliberada de que la división del trabajo otorgue a mi rincón, a mi refugio, el monopolio de aquellas tareas en las que mejor me desempeño, en las que sé que salgo airosa. Vanagloriarme, a la laissez-faire, de la asignación tan eficiente de las labores de producción (lo cual de nada sirve porque la eficiencia no es el criterio por el que se rige la articulación de necesidades en este espacio, en el que reina el monopolio del deseo por lo inalcanzable, por aquellas actividades en las que me perdería tan fácilmente).
Finalmente, recordar la escena de American Beauty que antes no comprendía y que define en gran parte la naturaleza de mi huida. Es aquella en la que uno de los protagonistas, conmovido, dice: "sometimes there is so much beauty in the world... I feel like I can't take it and my heart is just going to cave in" (a veces hay tanta belleza en el mundo... siento que no puedo soportarlo y que mi corazón va a derrumbarse, a hundirse). Y también darme cuenta de que mi guarida se parece mucho (y quizás eso sea alentador, por el aspecto provisional de su significado) a un gran paréntesis, similar a aquellos en los que me refugio y también me expreso cuando escribo. Como ahora.
Qué bueno es saber que el 1% de posibilidades es capaz de imponerse a veces y que su victoria promueva este blog para poder apreciar lo bien que escribís.
ResponderEliminarQue este comentario sirva a modo de botella que se rompe en el casco del barco a modo de bautismo.
Un beso!
Gracias por el bautismo, Facu. Gracias por considerarlo una victoria, algo que yo todavía no he terminado de discernir. Eso sí, la reversión de las leyes probabilísticas, por una vez, me suena muy interesante (más en estos momentos en que me inunda mi examen de estadística).
ResponderEliminarUn beso para vos también
La única vez que vi en vivo y en directo una botella romperse contra el casco de un barco a modo de bautismo fue en el astillero Río Santiago, en Ensenada, cuando iba a la secundaria. Nos llevaron allí como parte de una supuesta excursión educativa, o algo así. El recuerdo que más vivo tengo de aquella ocasión es que estaba Andy Kutnezoff, todavía reportero de CQC, y que nos hizo una suerte de entrevista en la que mis compañeros y yo aparecíamos gritando que todavía no nos habían dado de comer y teníamos hambre. El martes siguiente sintonizamos América con la ilusión de aparecer en pantalla. Ilusión vana, por supuesto.
ResponderEliminarA esta botadura llegué tarde, como casi siempre a todas partes.
Dicen que mejor tarde que nunca. De todas maneras, a este tipo de inauguraciones, quizás sea mejor no llegar. Me parece que este barco bautizado "Intento irracional de blog" está pronto a hundirse. Veremos qué pasa. De todas maneras, muchas gracias por pasar y ver. Y no te preocupes, a todos nos llegan nuestros 15 segundos de fama.
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